CIUDAD DE MÉXICO (proceso.com.mx).- El dolor, la impotencia y el coraje estuvieron a punto de resquebrajar la voz de la esposa del periodista Javier Valdez, fundador del semanario Ríodoce, asesinado hace un par de meses.

Pero no fue así, Griselda Triana contuvo el llanto y soltó:

“Es muy difícil celebrar la vida, la obra y el trabajo de alguien a quien le fue arrebatada la vida de la manera más cruel, más cobarde, a pleno mediodía al puro estilo Sinaloa, así se mata en las calles de Culiacán, de Sinaloa y de muchos estados de la República Mexicana”.

Es el homenaje rendido a su esposo, caído el pasado 15 de mayo en Culiacán, Sinaloa. Ante decenas de reporteros, amigos y familiares de Valdez reunidos en la Casa Lamm, enclavada en la colonia Roma, Triana aprovechó el acto organizado por el Comité de Protección de Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés) para alzar la voz contra las autoridades.

“Es difícil no sentir coraje, no sentir frustración porque a dos meses de haber sido asesinado, no hay la más mínima señal de que haya respuestas, por las razones que sean, cualquier familiar merecemos respuesta porque es lo único que nos queda, tenemos derecho a saber la verdad, tenemos derecho a saber por qué lo mataron”, sentenció.

El rostro de los asistentes se ablandó  al tiempo que las palabras de Gris, como le dicen cariñosamente sus allegados, de repente se pausaba, como si el duelo fuera eterno, como si estuviera presente su compañero de vida o el vato, o el compa como le apodaban sus amigos. Entonces en uno de esos silencios, la viuda de Valdez dibujó un esbozo del reportero:

“Javier no era un delincuente, no era un asesino, su única arma era su grabadora, su pluma y su libreta, su computadora, su teléfono que eran sus herramientas de trabajo. Él hacía lo que podía. Él asumió el periodismo con mucha pasión y responsabilidad y siempre luchó contra las injusticias e hizo suyas cada historia que publicó en cada uno de sus libros, en cada trabajo que publicó en Ríodoce, en La Jornada y en cada uno de los medios que publicó durante más de 20 años”, describió Gris.

El querido Javier

Pero Javier Valdez también fue dibujado a pincelazos. Sus compañeros periodistas lo describieron como retratista de las calles de Sinaloa, un cronista de la vida culichi, el hombre de la sonrisa eterna, de las risotadas escandalosas, aficionado a los Pumas de la UNAM, “pisteador” pero también una fábrica de relatos, un lobo solitario que olfateaba el territorio del narco, un hombre de un corazón enorme, un profeta, un maestro, querido desde la Sierra Madre Occidental hasta el Pacífico azul.

En su turno al micrófono, el periodista Alejandro Almazán profundizó sobre el autor de los libros Malayerba, Miss narco, Los morros del narco, entre otros:

“Si un día me piden que hable de ti, diría que eres una fábrica de relatos, que yo te llamaba el Narcopolo de Culiacán y muchas de las historias que nos contaste hubieran asustado a cualquier hombre bragado y voy a pedir que subrayen que eras de un corazón abierto. Diré que tu ciudad en lugar de ser un refugio, era un campo de batalla y combatiste hasta el final. Dejaré claro que la nobleza fue tu primera virtud y la prudencia fue la segunda”.

Mientras que Anabel Hernández, colaboradora del semanario Proceso, elevó la voz exigiendo justicia para Valdez.

“Tú has nadado en las cloacas sin mancharte, sin enloquecer, sin perder la fe. Disculpa Javier pero yo quiero saber, quiero entender, quiero encontrar nombres y apellidos en honor a la justicia que tú buscabas para otros al contar sus historias. Hacerte justicia contando la tuya de principio a fin de quiénes te asesinaron”, lanzó.

Lo mató el abandono

Transcurrió la tarde-noche en la Casa Lamm. Para Marcela Turati, reportera que trabaja las historias de desaparecidos y víctimas de la violencia, Valdez era “como un hermano mayor”, como un “profeta”, por la forma en como trataba los temas de narcotráfico.

Eso sí, Turati fue contundente al asegurar que “yo creo que a Javier lo mató la soledad y la falta de apoyo al periodismo de investigación y a la prensa digna en estados como Sinaloa. Fue el descrédito y la burla que son las fiscalías, leyes y mecanismos que ha inventado el gobierno. Quién va a avisarle al gobierno que uno está amenazado si la mitad de las amenazas vienen de los mismos funcionarios”.

No quedó ahí, Marela Turati sentenció:

“Yo creo que lo mató el olvido en el que los medios tienen a sus corresponsales. El Estado incapaz de controlar a sus engendros y de brindar seguridad a los ciudadanos. El Estado que forma parte de la misma mafia que el denuncia son las razones de su asesinato”.

La también colaboradora de Proceso recordó que el crimen contra Javier Valdez provocó la unión del gremio en Agenda de Periodistas, impulsada también por Guillermo Osorno, quien dirige el proyecto Horizontal Mx.

Osorno habló de la camaradería con Valdez, igual que el reportero Juan Veledíaz, quien relató cuando asistió con el fundador de Ríodoce al Estadio Universitario a ver un Pumas-América. Contó también de las pláticas, siempre con tragos y cacahuates con cáscara como botana.

Además de aplausos, el auditorio ya sonreía con tanta anécdota, volvía a ilusionarse, a iluminar sus pupilas, a recordar al fallecido con singular alegría, con admiración. Nadie se movía de las decenas de sillas de plástico; ninguno de quienes estaban de pie, se inquietaba por el cansancio de una plática que se prolongó por dos horas.

La historia desgarradora

Fue hasta que Eva María, madre sinaloense de tres hijos desaparecidos y retratados por la pluma de Valdez Cárdenas en su libro Los huérfanos del narco tomó el micrófono y lloró desesperada, arrastró la voz triste implorando algún día encontrar aunque sea los restos de sus familiares. Varios la acompañaron con lágrimas en su dolor. El silencio se hizo profundo mientras relataba su situación.

“No quiero irme de este mundo sin saber el paradero de mis hijos. Aunque a estas alturas es muy probable que estén sin vida. Quiero darles una despedida digna, porque fueron asesinados indignamente. Decirles a mis nietos: ‘ellos fueron sus padres’”.

Esas son las historias que contaba Javier Valdez en Sinaloa. Descarnadas algunas, pero todas reflejo de una sociedad violenta, cruel, injusta. Aun así, siempre conservó la sonrisa y la fortaleza como su esposa Griselda, quien alzó la voz:

“Lo único que nos queda es exigir respuesta. Que este gobierno nos diga por qué fue y no permitir que un crimen como el de Javier se vuelva a repetir porque ningún periodista responsable, valiente, crítico, digno e íntegro merece morir asesinado… Si lo único que nos queda es exigir justicia pues hay que gritarlo: justicia para cada periodista asesinado en este país”.

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Fuente y nota completa: Proceso México